‘San Antón’, ritos y tradiciones

Almodóvar homenajea a San Antón o Antonio Abad, patrón de los animales y precursor de la vida monástica.

Este Santo también se le conocía como el –ermitaño- por su experiencia en Egipto, donde vivió en soledad y fundó los primeros monasterios. En la iconografía siempre se presenta a San Antón rodeado de animales domésticos, a menudo por un cerdo, por los que sentía auténtica pasión.

Su vida estuvo marcada por dos factores importantes: su lucha interior contra las tentaciones y la curación y protección de los animales, y es precisamente su actividad con los animales lo que ha derivado en multitud de festividades rurales en todo el mundo.

Bajo la advocación de “San Antón” Almodóvar del Campo cada año festeja su onomástica, que en algún momento fue considerada como fiesta local.

Cada 16 de enero, a las 8 de la noche, con repiques de campanas y estruendos de cohetes, se enciende la candelaria realizada con el ramón de los olivos y todos los muebles viejos que se dispone, y hace años, con la leña que los muchachos del barrio, unas veces demandaban y otras despojaban de los zarzos y corrales. Luminaria con la que comienza la pasión de todos los sanantoneros y es el momento donde tenemos que mostrar el origen de la fiesta, su pasado y su presente. También sus costumbres y su gente.

Como cada año se rememora a San Antón, pero hay muchos otros momentos de la fiesta que merece la pena conocer y vivir, como es la mañana de San Antón, cuando los gañanes se reunían y participaban en el concurso de rabos, que consistía en hacer los surcos derechos, donde era necesario la ayuda de tres o cuatro personas y la utilización de la besana, necesaria para la alineación y poder realizar un arado largo dejando espacios en blanco, significar que esta tradición se llevaba a cabo en el paraje conocido como “Huerta Rueda” porque era el lugar más cercano a la ermita de San Antón y muy factible para los participantes, seguidores y aficionados.

En este día tomaban absoluto protagonismo los gañanes que desde primeras horas de la mañana se disponían a limpiar y adecentar a los animales.

En la cabeza.- Las antojeras y quitaipones, adornados con escarapelas.

El lomo.- Los arreos y un paño con la figura de San Antón.

Los cascos.- Se pintaban.

La parte trasera.- Con tijeras le ponían con letras bonitas “Viva San Antón” en algunos casos “Viva mi novia”.

El rabo.- Lo adornaban haciéndole una trenza que cubrían con cintas de colores y una escarapela al final.

Un trabajo matinal realizado con orgullo y la satisfacción de venerar a su patrón, y que servía para mostrar por la tarde a su pueblo, la destreza y el saber hacer de estos gañanes, los que honraban a San Antón acompañándolo en procesión, con las yuntas que cada día realizaban sus labores agrícolas. Terminado el desfile procesional y con una gran multitud, los gañanes, ganaderos y fieles al Santo hacen gala de sus animales debidamente atalajados, dando varias vueltas a la ermita, un recorrido donde se podía evidenciar el potencial de las distintas e importantes casas de labor y el rango de sus trabajadores, distinguiéndose cada una de ellas por el número de yuntas que montaban y apreciándose en el discurrir de la procesión como encabezaban el capataz con su caballo y le seguían los gañanes con sus correspondientes mulas ataviadas. Destacar que en este desfile brillaban de forma especial, algunos jóvenes que mostraban sus yuntas ricamente engalanadas y participaban en el concurso que cada año se celebraban para tal fin, destreza y lucimiento que llevaban a cabo, bien en cumplimiento de una promesa o simplemente por mantener viva esta bonita tradición.

En este día, todo el pueblo estaba de ‘carrera’ y las casas de los agricultores y las del barrio preparaban sus reposterías caseras donde los jinetes hacían alto en la puerta de cualquier casa amiga, y en donde eran gentilmente obsequiados por las mozas de la casa, en estado de merecer, con los clásicos mantecados manchegos elaborados a base de manteca de cerdo que se guardaba de la matanza para esta ocasión, o bien con los roscos y barquillos fritos de sartén, ambas piezas reposteras muy estimadas y tradicionales para estas fiestas de invierno, escanciadas con la sabrosa limonada, que proporciona el más sano optimismo.

Aunque no es posible celebrar la fiesta como a todos nos hubiera gustado, rompiéndose una de las tradiciones más populares y participativas de nuestro pueblo, me gustaría ensalzar la labor encomiable que cada año realizan los vecinos de la barriada de San Antón que hacen posible mantener viva esta tradición y alentarles para el próximo año.

¡VIVA SAN ANTÓN!

Manuel Hipólito Romero